Vida de CL



New York

Del puente al infinito

El Vía Cricis de la comunidad de CL en Nueva York por el puente de Brooklyn.
La acogida del obispo Thomas Daily



Viernes Santo, por segundo año consecutivo, la comunidad de Nueva York ha recorrido el Vía Crucis por el puente de Brooklyn.

Nuestra presencia en esta gran ciudad es pequeña. En realidad cada año es menos pequeña, y seguirá siendo "extremadamente pequeña" con respecto a la población que vive en Nueva York. Millones de habitantes, rascacielos, altas finanzas, dominio de los medios de comunicación, innumerables religiones, iglesias, sectas todas amontonadas en esta capital del imperio.

El caso es que el año pasado, cuando hablábamos con los amigos de cómo ayudarse a vivir la Pascua, nosotros "italianos de adopción americana" propusimos el Vía Crucis como habíamos tenido ocasión de vivirlo durante muchos años en Caravaggio con don Giussani. Jonathan, neoyorkino total, respondió con la idea de vivir este gesto en el Puente de Brooklyn; ¡y se nos abrió el cielo!. Escándalo para los neoyorkinos y locura para los cielinos. ¿Se podría haber pensado alguna vez en hacer el Vía Crucis en el Puente de Brooklyn?.

Nueva York no tiene más símbolos que los de la gran pretensión humana y el esfuerzo titánico " de lograr la meta con las propias manos ". A menudo ocurre, mirando los rascacielos de Manhattan, que volamos con el pensamiento hacia la imagen de todos aquellos intentos humanos de construir puentes imposibles hacia el infinito.

El Puente de Brooklyn es uno de estos intentos; es el puente que une Brooklyn con Manhattan y que tantos de nosotros atravesamos cada día para ir al trabajo y volver a atravesar por la tarde para llegar a casa; es el puente más célebre de toda la ciudad de Nueva York. Y es también el único que se puede recorrer a pie.

Por eso el año pasado, con un poco de temor y temblor, propusimos a nuestros amigos de vivir la primera Way if the Cross de la comunidad de Nueva York en el Puente de Brooklyn. Eramos unas cuarenta personas, llovía y hacía frío. Llevábamos la Cruz desde la Catedral de Brooklyn, St. James, a través de dos arcadas del puente, parándonos para hacer las estaciones, leyendo el Evangelio y a Péguy.

Un gesto muy sencillo: llevar a toda la ciudad de Nueva York, con un atrevimiento ingenuo, al abrazo de la Cruz, aquella Presencia que ha renovado todo el mundo.

Este año éramos más de doscientos caminando sobre el puente.

Hemos tenido también el gran don de la acogida y de la compañía del obispo de la diócesis de Brooklyn, Mons. Thomas Daily, quien nos ha ofrecido la Catedral como primera etapa del camino y ha venido a acogernos a los pies de las rampas del puente al final del Vía Crucis para acompañarnos y llevarnos de vuelta a St. James, rezando con nosotros, retomando con sus palabras las de Péguy. Habíamos preparado 150 folletos con todos los textos de las lecturas y de las canciones, para que la gente pudiera seguir con atención y, de este modo, la aglomeración de fotógrafos y cámaras de televisión que nos han seguido durante todo el recorrido no ha creado demasiado revuelo. En realidad, nos hemos dicho, esto es también Nueva York, también esto es estar presentes en los Estados Unidos, donde lo que no existe por los medios de comunicación no existe y ya está.

Así, aparecimos en una fotografía en el New York Times, en el Daily News, en el New York Post, en el Brooklyn Post y en el Tablet, que es el semanal diocesano y además aquí y allá en distintos programas de televisión por cable. También alguno entre vosotros ha podido ver en el Telegiornale 1 alguna imagen mientras recorríamos el Vía Crucis sobre el Puente de Brooklyn.

Y a lo largo del camino, entre curiosos que nos miraban perplejos y otros que se unían a nosotros siguiendo la Cruz, aquel puente significaba mucho más de lo que normalmente significa.


Es lo que sucede cuando se descubre el nexo entre algo particular y el Infinito.

Es difícil expresarlo bien con palabras, pero el Viernes Santo la dignidad cultural que la compañía de Cristo tiene y de la que se habla en la Escuela de Comunidad era algo evidente y vivo entre nosotros, visible y encontrable en aquella compañía que seguían la Cruz de Cisto. También Nueva York puede percatarse de esto.



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