El señor es fiel a su alianza


Publicamos un extracto del discurso del Santo Padre
a los participantes en el Simposio sobre el antijudaísmo,
celebrado el viernes 31 de octubre



[...] El objeto de vuestro simposio es la interpretación teológica correcta de las relaciones de Iglesia de Cristo con el pueblo judío, de las cuales la declaración conciliar Nostra aetate puso las bases, y sobre las cuales, en el ejercicio de mi magisterio, yo mismo he intervenido en varias ocaciones. En efecto, en el mundo cristiano —no digo de parte de la Iglesia en cuanto tal— algunas interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al pueblo judío y a su supuesta culpabilidad han circulado durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos de hostilidad en relación con ese pueblo. Han contribuido a adormecer muchas conciencias de modo que, cuando estalló en europa la ola de persecuciones inspiradas por un antisemitismo pagano que, en su esencia, era también un anticristianismo, junto a esos cristianos que hicieron todo lo posible por salvar a los perseguidos, incluso poniendo en peligro su vida, la resistencia espiritual de muchos no fue la que la humanidad tenía derecho a esperar de los discípulos de Cristo. Vuestra lúcida mirada sobre el pasado, con vistas a una purificación de la memoria, es particularmente oportuna para mostrar claramente que el antisemitismo no tiene ninguna justificación y es absolutamente condenable. [...]

Un pueblo elegido


En el origen de este pequeño pueblo, situado entre grandes imperios de religión pagana que lo eclipsan con el esplendor de su cultura, se encuentra una elección divina. Este pueblo es convocado y guiado por Dios, creador del cielo y la tierra. Por consiguiente, su existencia no es meramente un hecho natural o cultural, en el sentido de que, por la cultura, el hombre desarrolla los recursos de su propia naturaleza. Más bien, se trata de un hecho sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo porque es el pueblo de la alianza y porque, no obstante las infidelidades de los hombres, el Señor es fiel a su alianza.
Ignorar este dato fundamental significa comprometerse por el camino de un marcionismo contra el cual la Iglesia había reaccionado inmediatamdente con energía, consciente de su vínculo vital con el Antiguo Testamento, sin el cual el nuevo pierde su sentido. Las Escrituras son inseparables del pueblo y de su historia, que lleva a Cristo, Mesías prometido y esperado, Hijo de Dios hecho hombre. La Iglesia no cesa de confesarlo cuando repite diariamente, en su liturgia, los salmos y los cánticos de Zacarías, de la Virgen María y de Simeón (cfr. Sal. 132, 17; Lc 1, 46-55; 1, 68-79; 2, 29-32).
Por eso, los que consideran el hecho de que Jesús fue judío y que su ambiente fue el mundo judío como un simple hecho cultural contingente, que hubiera sido posible sustituir con otra tradición religiosa de la que la persona del Señor podría ser separada, sin perder su identidad, no sólo ignoran el sentido de la historia de la salvación, sino que también, de modo más radical, ponen en tela de juicio la verdad misma de la Encarnación y hacen imposible la concepción auténtica de la inculturación.

Sentimientos fraternos


Teniendo en cuenta lo que hemos dicho hasta ahora, podemos sacar algunas conclusiones que orienten la actitud del cristiano y el trabajo del teólogo. La Iglesia condena firmemente todas las formas de genocidio, así como las teorías racistas que las han inspirado y que han pretendido justifiacarlas. A este respecto, se podría recordar la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge (1937) y la de Pío XII Summi pontificatus (1939); esta última recordaba la ley de la solidaridad humana y de la caridad hacia todo hombre, independientemente al pueblo que pertenezca. Por consiguiente, el racismo es una negación de la identidad más profunda del ser humano, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. A la malicia moral de cualquier genocidio se añade, con la shoa, la malicia de un odio que pone en tela de juicio el plan salvífico de Dios sobre la historia. La Iglesia sabe que ella también es directamnet blanco de ese odio.
La enseñanza de San Pablo en la carta a los Romanos nos indica cuáles sentimientos fraternos, arraigados en la fe, debmos albergar hacia los hijos de Israel (cf. Rm 9, 4-5). El Apóstol lo subraya: "en atención a sus padres" son amados por Dios, cuyos dones y cuya llamada son irrevocables (cfr. Rm 11.28-29). [...]