URGENCIAS, médicos en primera línea


por GIAN PAOLO UGOLINI

Un joven cirujano italiano en un hospital de USA.
Los pacientes, la muerte de un compañero, el rtimo de trabajo.
La esperanza cierta del valor positivo de las cosas en virtud
de una realidad presente.


Boston, Massachussets, la capital cultural de los Estados Unidos de América, sede de más de 40 universidades entre las cuales se encuentran Harvard y MIT (Massachussets Institute of Technology). Me encuentro aquí desde el 1 de enero de este año para trabajar en la sección de cirugía de uno de los hospitales más famosos de USA, adscrito a la Universidad de Harvard. Los dos primeros meses han transcurrido "en primera línea", en Urgencias, donde he revivido, mucho menos románticos y con frecuencia mucho más dramáticos, los casos de la famosa serie de televisión "Urgencias". La primera palabra que he tenido que aprender enseguida ha sido "eficiencia: aquí está todo perfectamente organizado y estructurado según un protocolo ya preestablecido para todo tipo de eventualidades, al cual conviene atenerse para limitar al mínimo los "errores humanos". El riesgo de la malpractice, es decir, la posibilidad de ser denunciado y llegar a un tribunal por un error en el tratamiento o en el diagnóstico, es un "fantasma" que planea sobre toda actuación médica. De cualquier forma, el clima de trabajo en Urgencias es ideal para un médico en formación, dado que gran parte de la responsabilidad se deja en manos de los residents (residentes) con la supervisión de los attendings, es decir de los médicos que ya tienen la especialidad. El entusiasmo de los primeros días ha chcado sin embargo rápidamente con la dureza de los trunos de trabajo: 24 horas de guardia y 24 de descanso que he sobrellevado durante dos meses, todo ellos acompañado por el dramatismio de algunos momentos en que llegaban pacientes transportados en helicópteros y por la visita de los homeless (sin techo), borrachos recogidos por la calle con los brazos y los pies congelados.

Entre yeso y yeso

Durante el tercer y el cuarto mes me han destinado el trauma service, un equipo de médicos que están haciendo la especialidad y que son responsables de todos los casos de traumatología que ingresen en el hospital. Se me había dicho que el ritmo de trabajo sería más humano, y por el contrario... me levantaba cada mañana a las 5 para ir a visitar a los enfermos y escribir el parte diario en la cartilla clínica. A las 6:15, a Urgencias, con la presentación de todos los casoso recibidos en las 24 horas previas en el ward service (la sección de cirugía dirigida sólo por médicos residentes, a los que guís un Chief resident, un joven médico que acaba de terminar la especialidad y que permanece un año más en el hospital desempeñando las funciones de tutor en una sección que puede tener entre 30 y 60 enfermos). A continuación, la visita a todos los enfermos con el trauma team. El día prosigue después después con la sala de operaciones y con las conferencias (al menos una al día) para acabar hacia las 7 de la tarde; en cambio, cuando uno tiene guardia permanece en el hospital hasta las 7 de la tarde del día siguiente, ¡durante 36 horas! Al ser las guardias cada tres días, en la práctica se llega a un promedio de entre 90 y 110 horas semanales. Se me ha hecho aún más evidente que aquí, para llegar a ser cirujano, se te pide renunciar a ti mismo: el ritmo salvaje de trabajo no deja tiempo para otros intereses y con frecuancia ni siquiera para la familia.

Un encuentro singular


Fue en uno de los turnos del trauma service en los que tuve la ocasión de conocer a David, un residente del quinto año, con el cual trabajé durante dos semanas. David debería haberse convertido el 1 de julio de 1997 en Chief resident. Lo que me impresionó en seguida de él , fue que, aún siendo uno de los "veteranos", tenía una atención y una deferencia hacia todas las personas cercanas a él (estudiantes, compañeros, enfermeros y, sobre todo, enfermos) totalmente distinta con respecto a todos los demás. La estructura —que suele ser muy jerárquica, y en la que los "veteranos" tienden a considerar en poco o nada a los más jóvenes— pretende únicamente el máximo rendimiento en el trabajo. Es cierto que David era distinto: cada vez que se me ocurría llamarle para pedirle ayuda a la hora de valorar algún caso particularmente difícil, no sólo me agradecía por haberle llamado (aunque fuera a mitad de la noche), sino que se molestaba en explicarme algunos aspectos médicos en aquella situación particular. Un martes por la mañana, hacia mediados de abril, me presento como cada día a Urgencias y veo a unos pocos de mis compañeros, todos con el rtostro turbado e incrédulo. Uno de ellos me lo explica: la tarde anterior David se había suicidado. Pero lo más dramático fue que esa misma tarde todos los médicos de la sección fuimos convocados para un encuentro con el director del departamento y un psiquiatra. Después de un largo análisis, el psiquiatra (que entre otras cosas no había conocido a David) afirmaba con una seguridad desconcetante que «...vuestro trabajo se raliza con enormes sacrificios y estrés, pero esto no puede ser la causa que lleva a un hombre a cometer un acto de ese género... David no había manifestado nunca que tuviera problemas en el trabajo y se ha suicidado sólo y únicamente por sus problemas personales (una semana antes su mujer se había ido de casa)... ». Recordaré siempre el dramatismo de aquellos días y los rostros desconcertados de mis compañeros de trabajo, que se peguntaban por el sentido de todo aqeullo, encontrándose de improviso descolocados e impotentes.

La única razón posible


Todo esto me ha hecho preguntarme hasta qué punto valís la pena continuar trabajando en este ambiente, inmerso en un ritmo de trabajo tan intenso, lejos de mis padres, de mi mujer, (que por motivos de trabajo no ha podido estar conmigo durante la mayor parte de estos primeros seis meses), de los queridos amigos de la comunidad y de mi Fraternidad.
Había venido aquí, para ir al fondo de un deseo y de una pasión por mi trabajo, pero comprendía cada vez más que solo la conciencia del significado último de las cosas podía dar sentido a lo que estaba haciendo. La muerte de David se produjo pocos días después de la publiación de don Giussani en la Repubblica con ocasión de la Pascua. En dicho artículo, don Giussani afirmaba que «la Pascua es el anuncio de la resurrección de Jesús de Nazaret de la muerte; el grito que Él quiere que resuene en el ánimo de cada uno de nossotros: la afirmación de la positividad del ser de las cosas, de la racionabilidad última que reconoce que lo que nace no viene al mundo para ser destruido. (...) Cristo muerto y resucitado es la razón de la esperanza que vence la tristeza del mundo». Se me hacía claro entonces que mi única posibilidad para poder seguir trabajando en un ambiente así, era el vínculo con los amigos de la comunidad, a través de las innumerables (¡y costosas!) llamadas de teléfono a Italia, la lectura de los instrumentos del movimiento (incluida la Homepage de Tracce en Internet) y, sobre todo, la presencia de los amigos de la comunidad de Boston a los que estoy y estaré siempre infinitamente agradecido. Estos vínvulos han sido para mí, testimonio viviente de la presencia de Cristo ahora en el mundo, es decir, del carácter positivo que tienen todas las cosas. Cristo es la única razón posible para todo nuevo inicio, ya sea por la mañana cuando nos levantamos cansados, con la cabeza cargada, para ir al trabajo, ya sea frente al gesto desesperado de un amigo que se quita la vida. Esto me ha ayudado a vivir mejor mi trabajo, abandonando todas mis intenciones de dejarlo, a pesar de que el ritmo del trabajo no se ha hecho más fácil y que, en algunos casos, me encuentre frente a situacionres realmente dramáticas y a veces desesperantes. Como decía Giussani: «...cada uno de nosotros, alcanzado por la gran Presencia, es llamado areconstruir casas destruidas... también donde estoy yo, donde estás tú todos los días...». Esto convierte cualquier circunstancia en algo dramáticamente apasionante.
(Traducido por Victor Dominguez)