REALIDAD
O PREJUICIO

(LEALTAD O IDEOLOGÍA)



A veces parece que del resultado de los debates públicos depende directamente el destino de los pueblos. Si eso fuera cierto, habría motivos reales para preocuparse. Pero la verdad es que hay trampa. Recientemente todos los periódicos se han ocupado de la reforma de los estudios de las humanidades. No nos interesa ahora discutir la oportunidad o los aciertos de las medidas legislativas que se sugieren. Desde todas las posiciones se denuncia con escándalo la lectura de la hitoria que hacen los otros. Cada uno habla de los ríos, los habitantes prehistóricos o las batallas medievales en función de una imagen propia que es preciso defender. Lo más curioso es que en este debate todos tienen que suponer que existe la realidad histórica, que dicen conocer, para poder descalificar la interpretación contraria. Pero nadie parece dispuesto a medirse leal y efectivamente con la realidad. Y más aún en aquellos aspectos que pudieran no coincidir con la opción tomada de antemano para defender un interés propio. Otro ejemplo. Universidad, como la propiua etimología lo indica, es el lugar donde se educa, es decir, se introduce al estudiante a la totalidad de lo real -universitas studorium- mediante un ejercicio apasionado y leal de la razón. Resulta llamativo que una universidad madrileña se resista tozudamente a la realidad diciendo qué aspectos de la vida social pueden o no pueden existir con dignidad civil en la institución universitaria. Se niega la apertura de una capilla en la Universidad Carlos III apelando a la tolerancia requerida por un estado laico. Pero la tan pregonada tolerancia tiene su piedra de toque en la realidad. Sólo ante ella se pone de manifiesto si somos tolerantes. Cuando lo que sucede de hecho es que se intenta eliminarlo que no entra en el esquema previo, la realidad desenmascara la intolerancia escondidad tras una afrimación meramente verbal.
La ideología, por tanto, no ha muerto. Frente a estos intentos de interpretar la realidad desde un interés particular, el cristiano, cuando es educado como tal, tiende a la máxima consideración de la realidad como ésta emerge en la experiencia, de modo que a través del uso correcto de la razón pueda juzgarla y sacar también consecuencias operativas. Ante cierto modo muy generalizado de tratar los problemas de la vida desde el prejuicio -ya sea en nuestra casa o en la sociedad- la alternativa, para el cristiano, no es absternerse de tomar postura. Por el contrario, lo suyo es reafirmar tenazmente que hay que partir de la realidad. El cristianismo es una defensa apasionada de la razón en su capacidad para descubrir la realidad tal y como es.
Cada juicio y cada acto que no parte de la realidad, a pesar de la tolerancia que hoy tanto se predica, está lleno de indiferencia y de violencia hacia todo lo que no encaja en el esquema. Un esquema que mantiene a ultranza cierta postura frente a la vida que no es más que hostilidad, dificultad o voluntad de poder y poseer. En esta sociedad que se considera a sí misma pluralista y tolerante, las formas con quese niega la realidad en nombre de un prejuicio son tan refinadas como aplastante. El intelectual francés Alain Finkielkraut, define nuestra época como la del espejismo y la apariencia sobre la fisicidad de las cosas y de los rostros humanos. "Es la razón la que parece haber perdido la razón", escribe. Una postura atenta y consciente resulta decisiva en este momento para el pueblo cristiano. Lo que asegura el bienestar y la paz es aceptar el desafío de la realidad y no la palabrería de tantos debates. Éste es el terreno efectivo de encuentro y de colaboración con los hombre de "buena voluntad".